FANECA

domingo, 20 de marzo de 2011

La universidad en Finlandia (II). Por Fernando Losada

Hace algunos meses hice llegar a los editores de este foro de reflexión acerca de los problemas de la universidad mis primeras impresiones como investigador postdoctoral en la Universidad de Helsinki. Mi intención entonces era establecer una comparación preliminar entre lo que ya conocía bien, esto es, la universidad española (creo que conozco más sus defectos que sus virtudes, aunque no niego que para muchos mi experiencia personal resulte bien poco significativa), y lo que ya empezaba a asimilar de mi todavía breve estancia en este apartado rincón de Europa. Como aquella era una valoración provisional, prometí volver a reflexionar sobre los mismos temas con algo más de perspectiva. Esa es la razón de que nuevamente me asome a esta ventana. Algún pescador de fanecas me dirá que poco puede aportar mi visión de la universidad finlandesa a las reflexiones acerca de la española, pues bien sabido es que la faneca no es propia de estas gélidas aguas. Lamentablemente el calentamiento global está cambiando muchas cosas, de modo que me temo que de fanecas también se puede aprender algo por estos lares. Metáforas al margen, el lector que llegue al final de mi comentario se encontrará con algunos datos más que reveladores acerca de cómo está nuestra universidad española en función de la imagen que sus mejores embajadores, los estudiantes, proyectan de ella allende nuestras fronteras, de modo que sin mayores dilaciones me adentro en la continuación del relato de mi experiencia finlandesa.

I.- La importancia social de la universidad

Hay una idea de la que ya en mi primera aproximación al tema dejé constancia, pero sobre la que cualquier reincidencia nunca me parecerá suficiente: la importancia social de la universidad, y en particular de la facultad de derecho. Resulta que el acceso a la facultad (supongo que en las demás el procedimiento será similar, aunque todavía no puedo asegurarlo) se obtiene aprobando un examen público organizado por la universidad en el que se han de demostrar conocimientos profundos acerca de tres manuales de diferentes ramas del derecho (y que varían de convocatoria en convocatoria). Se ofertan 160 plazas cada año, a resultas de ello la gente que accede a la facultad es la que está verdaderamente motivada, la que tiene un gran interés por el derecho. Eso garantiza que las clases con alumnos finlandeses tengan un extraordinario nivel. Desde luego, esa estampa de los universitarios jugando a las cartas en la cafetería, tan característica de nuestras universidades, de momento no la he visto por aquí.

Es muy importante tener en cuenta que en Finlandia una vez se obtiene el título de licenciado en derecho uno puede enviar su currículum a cualquier juzgado en el que haya vacantes y ponerse a tomar decisiones judiciales sin que entremedias haya oposición alguna. Aquí el filtro es a la hora de acceder a la carrera. Para entender el sistema hay que tener en cuenta que hasta hace un año las universidades finlandesas eran Estado. No en el sentido de que fuesen públicas, que efectivamente lo eran (en Finlandia no existen universidades privadas… ¿alguien puede imaginar por qué?), sino en el de que no eran órganos o entidades independientes o autónomos. La decisión acerca de quién accedía a la carrera y quién no, por lo tanto, era una decisión administrativa que se correspondía con la de unas oposiciones en nuestro país.

Pero en nuestro mundo globalizado de hoy en día las ideas sobre la eficacia en la gestión de los entes públicos, que se pretende equiparar a la de los privados, se han convertido en un dogma. Y la universidad finlandesa no ha conseguido sustraerse del problema. Una gran polémica ha rodeado a la modificación del régimen administrativo de las universidades, que de ahora en adelante han de buscarse buena parte de la financiación con independencia del dinero público. Consecuentemente, el profesorado ya no es funcionario, sino que se ha convertido en personal laboral. Pero lo que me interesa reseñar es que ahora la decisión acerca de quién accede a la universidad o no (de la que depende la composición del poder judicial del estado, nada menos) queda en manos de un órgano que ha de buscarse la financiación de manera independiente. Si tal cosa sucediera en España no me cabe ninguna duda de que sería el caldo de cultivo ideal para que las aportaciones a las arcas universitarias se supeditasen a que cierta parentela accediese a determinada facultad. Veremos si eso sucede aquí o no. Desde luego, las condiciones para ello son, lamentablemente, las idóneas.

II.- Mi primer curso

Paso ahora a relatar la experiencia que ha supuesto impartir mi curso en la universidad. Como ya comenté en el anterior escrito, el tema y los contenidos los decidí yo, de modo que opté por cuestiones relacionadas con (una de) las investigaciones que estoy realizando en la actualidad. Como solamente puedo dar clases en inglés, porque mi finés es reducidísimo, mi curso fue ofertado como especialmente interesante para los estudiantes de Erasmus, una tarea que los profesores finlandeses rehúyen en la medida de lo posible. Sin duda, encuentran en los estudiantes locales un reto intelectual mucho mayor, pero para mí, completamente nuevo en estas lides, no había queja alguna.

Nervioso, durante mi primera clase me aferré con fuerza a un manojo de papeles gracias a los que, sentado, expuse las ideas esenciales del curso, que paulatinamente se irían desgranando en las sucesivas clases. El resultado por parte del alumnado fueron caras de póker, no sé si tratando de ocultar el desconocimiento de las cuestiones más esenciales de la materia o el aburrimiento que les producía mi speech. En cualquier caso, se imponía un cambio.

En mi segunda clase, evité desde el primer momento tomar asiento y, visto el éxito (relativo), ya no volví a posar mi culo inquieto en ninguna de las siguientes sesiones. Digamos que desde entonces apliqué un método de trabajo bien distinto. Por supuesto, llevaba mis notas y si era necesario me apoyaba en ellas, pero ya no se trataba tanto de exponer una serie de ideas nuevas para la audiencia (o eso creía yo) como de encontrar la forma de seducir a los alumnos para captar su atención y que pudieran reaccionar ante lo que se les proponía. Así que, pensando en las características de la sociedad actual, en la que los sujetos no podemos sustraernos de lo visual, recurrí a un método interactivo basado en las imágenes. No, que nadie se me asuste, no he caído en las redes de los pedagogos y sus power points. ¡Ni mucho menos! Simplemente decidí reconquistar el encerado… Allí intenté plasmar visualmente mis ideas, estableciendo relaciones entre ellas por medio de flechas, rodeando una y mil veces las importantes e incluyendo las propuestas de los alumnos. Por así decirlo, cada clase se convirtió en una sesión de brainstorming en la que poco a poco se iba ocupando el espacio en blanco que teníamos ante nosotros (yo mi encerado, los alumnos sus libretas). La cosa alcanzó ciertas cotas surrealistas cuando finalizando una clase me di cuenta de que uno de los alumnos estaba sacando una foto al encerado con su móvil… Todavía me pregunto si de verdad estaba interesado en lo que allí se reflejaba o si quería compartir con sus amigos el caos que parecía asomar por esa ventana al mundo en la que se convirtió el encerado.

III.- Los estudiantes de las universidades españolas en la Universidad de Helsinki

Y llegamos al momento culmen y la principal razón de que haya pasado unos cuantos de los días previos a las navidades con un desasosiego de aquí te espero. Empecemos por el principio: la evaluación de mi curso se basaba en la suma de la calificación de un trabajo en el que se debían adaptar las ideas principales debatidas en las clases a un ámbito del proceso de integración europea que interesase especialmente al alumno (80% de la nota) y de la participación durante el curso (el 20% de la nota restante). La primera sorpresa fue que un alumno que no se había presentado a ni una sola de las clases me entregó el trabajo. La situación contraria, esto es, alumnos que habiendo participado todo el curso (y algunos muy activamente) no entregaron el trabajo sí se dio, aunque me explicaron que o bien no necesitaban los créditos y se habían apuntado para aprender, porque el tema les parecía interesante, o bien que no habían tenido tiempo de hacer un buen trabajo y que en ese caso preferían no entregar nada. El caso es que la actitud del primer estudiante y la de estos últimos es completamente distinta. ¿Consigue el avezado lector de Faneca distinguir cuál de ellos era español?

Los sobresaltos comenzaron al corregir los trabajos. Resulta que solamente los de los tres alumnos españoles eran merecedores de un suspenso en toda regla. Todos los demás, con mayores o menores dificultades, habían superado el mínimo exigido para aprobar, pero no así los de nuestros compatriotas. A dos de ellos, los que asistieron a las clases, los conozco lo suficiente como para saber que no son personas limitadas, pues puede uno charlar animadamente con ellos y simpatía no les falta. ¡Ah! Pero cosa distinta son conocimientos. Y no me refiero sólo a los referidos al contenido sustantivo del curso. A ver si me explico sin resultar demasiado severo: a uno de los alumnos, llamémosle alumno A, tuve que ponerle un cero “patatero” porque en su trabajo sobre un órgano de la Unión Europea creado en los noventa dedicó la mitad de la extensión a describir someramente el origen del Consejo de Europa (para los no juristas, organización internacional distinta de la Unión Europea) tras la Segunda Guerra Mundial, citas de Sir Winston Churchill incluidas. Es como si en su trabajo de anatomía, amigo dedicado a la medicina, le describen a usted la reproducción sexual: no es que sean temas completamente ajenos, pero en un trabajo de quince páginas no tiene sentido alguno siquiera mencionarlo de pasada. Para más inri, este excursus por los cerros de Úbeda venía precedido de una brevísima introducción señalando algo así como “creo que me he excedido un poco en la parte narrativa, pero lo consideraba esencial para entender la situación europea a la hora de crear el [órgano X]”. Evidentemente, empezar un trabajo con tal advertencia no indica nada bueno, sensación que solamente pudo verse corroborada al leerlo. Aun así, lo peor estaba por llegar, porque cuando ya realizaba la descripción (o lo que fuera, porque la simple enumeración de datos no puede considerarse una descripción articulada) del órgano al que supuestamente estaba dedicado el trabajo ¡me encuentro con que se me explica cuál es su dirección en Bruselas! ¿Acaso los alumnos de derecho penal estudian ahora la dirección de la Audiencia Nacional?

El segundo sujeto, alumno B, dedicaba su trabajo a una institución europea también creada en los noventa. En este caso la información que contenía era a todo punto exacta. El problema es que era literalmente la misma que la que consta en la página web de la institución. Algunos de mis amigos, al comentarles estas navidades esta situación, me preguntaban cómo había detectado este tipo de plagios. Más concretamente, me preguntaban si me ponía a buscar en Google partes de cada escrito por si los encontraba en la web. Cuando el trabajo de uno consiste en leer y en escribir (obviamente, con el esencial proceso de reflexión profunda entremedias) sabe reconocer perfectamente la voz del autor. De alumnos de carrera uno se espera determinado tipo de reflexiones, construcciones gramaticales, un pensamiento articulado de cierta manera, etc. Evidentemente, si a eso le unimos el idioma, uno puede rápidamente reconocer si es o no el alumno quien escribe. Cuando el pulcro inglés del trabajo de B resultaba tan neutro y pesado como el inglés institucional, no había duda al respecto: cero “patatero”.

El tercer sujeto, llamémosle “el hombre invisible”, pues no se dejó ver, también incurrió en plagio, aunque en su caso no recurrió a la información institucional de una página web, sino a diversos escritos que pululan por la red de autores no siempre reconocidos y fiables. Porque esa es otra: hay gente que pone a disposición de todo el mundo sus trabajos de fin de carrera o licenciatura, un escrito para una revista de la ONG de turno o una entrada en un blog sobre el tema sin que eso haya de significar por fuerza (ni mucho menos) que su contenido sea preciso. Y eso sin mencionar el recurso a la Wikipedia, loable intento de crear una enciclopedia en la red, pero que puede dar lugar a muchas confusiones e imprecisiones. Nuevamente, me vi obligado a recurrir al cero “patatero”.

Me propuse hablar con estos tres alumnos (esta vez en español, para que les quedase bien clara la gravedad de los hechos). Las reuniones, pese a mi voluntad, fueron separadas. El alumno A se refugió en la idea de que la inclusión de la historia del Consejo de Europa y la mención de la dirección de contacto de la famosa institución eran un “error”. No me cabe ninguna duda de que son un gravísimo error, pero A insistía en que eran errores (como connotando que al margen de eso el resto del trabajo estaba “correcto”). Esta forma de entender la universidad, basándose en aciertos y errores y no en un pensamiento coherente sobre un asunto me enerva, y si no lo tuviese ya de antes, le hubiese puesto en ese mismo momento un cero “patatero”. Eso sí, A se ha apuntado a mi siguiente curso y, según me dijo, para demostrarme que es capaz de hacer las cosas bien…

Con B la reunión tomó un cariz ciertamente distinto. Como internamente me temía, me reconoció que en su opinión el trabajo que me había presentado en su universidad de origen sería de notable como poco. ¿Qué significa esto? Pues en primer lugar, que los alumnos recurren al plagio de forma automática y que no son conscientes de lo que representa; pero en segundo lugar, que hay profesores que o no lo identifican o que lo consideran aceptable. Supongo que será lo primero, claro, pero me cuesta creer que leyendo un trabajo universitario uno no sea capaz de identificar si se trata de una copia o no. Tal vez la razón sea que en España no se estilan tanto los trabajos de reflexión como los de descripción, pero en este caso hablo de mi experiencia como estudiante. Desconozco qué sucede en otras universidades. En cualquier caso, B reaccionó diciendo que no era consciente de lo que significaba plagiar, ni de lo que significaba estar en la Universidad de Helsinki, y que pretendía cambiar las cosas en el segundo cuatrimestre. Espero que así lo haga y que acabe la carrera este año, como era su intención.

¿Qué pasó con “el hombre invisible”? Pues que yo pretendía mantener una reunión cara a cara, y él, si vino, no se manifestó, así que guardé silencio.

La situación de estos tres alumnos me tiene preocupado todavía ahora. No sólo por ellos, sino por lo que refleja de la educación en nuestro país. Veamos si lo resumo en unas breves ideas: (1) el plagio es motivo de expulsión en algunas universidades (que yo sepa, en ninguna de las españolas, aunque seguro que me equivoco) sin que el alumno pueda obtener el título. Supone un atentado contra los principios fundamentales de la universidad y el castigo, por lo tanto, ha de ser severísimo. En España, sin embargo, los estudiantes no son conscientes de la gravedad de este acto; (2) el modus operandi en los casos que he conocido es el siguiente: copian de una fuente que no citan en la bibliografía e incluyen como referencias títulos que han encontrado en internet. Si se les pregunta por el contenido de las últimas, no tienen ni idea, evidentemente; (3) como en nuestro país los alumnos no se hacen idea de lo que significa el plagio, no se preocupan lo más mínimo en disimularlo. Para más inri, no son siquiera capaces de disimularlo al enlazar de manera coherente los párrafos con los que componen su collage de corta y pega. Entiéndaseme bien: no justifico que plagien, ni mucho menos, pero que ni siquiera sean capaces de hacerlo de tal forma que el resultado sea un texto coherente (o al menos aparente) me parece una carencia gravísima de la más elemental inteligencia.

Mensaje a algún estudiante que pueda leer esto: se supone que cuando uno escribe un trabajo de reflexión es uno mismo el que ha de pensar. Dejar que sean otros los que lo hagan por nosotros no es la mejor idea, por muy instalada que esté en nuestra sociedad. ¡Va siendo hora de pensar por nosotros mismos!

Añado dos breves notas finales. La primera, que en mi curso no fue en el único en el que sucedieron estas cosas: Massimo suspendió en el suyo a todos los españoles (con excepción de uno, es decir, seis de siete) y a un italiano, por idénticos motivos. La segunda, que el asunto del calamitoso nivel de inglés de los Erasmus españoles corre como la pólvora en el correo electrónico de los profesores de la universidad: se propone un examen previo, la no calificación, la protesta formal ante la universidad de origen… Yo leo y guardo silencio. Pero tenemos que cambiar la mentalidad de alumnos y profesores con urgencia. Si no lo hacemos so nos irán cerrando cada vez más puertas, y no están los tiempos para esas cosas.

4 comentarios:

  1. Si le sirve de consuelo, el año pasado me he encontrado con recortes extraídos de interné (consistentes y no referenciados como cita, ni entrecomillados ni nada) en un texto presentado para publicación por un profesor universitario. ¿Cómo no lo van a hacer los alumnos? Spain es diferente...

    ¡Lo mejor es que el interfecto, cuando bloquée el texto y se lo hice notar, en vez de cavar una fosa de diez metros con las uñas y tirarse de cabeza, se justificó sin pestañear!

    ¿Y qué me dice de la egregia Joana Ortega i Alemany? Lo mismo.

    Los preparamos desde chiquitos, y aprenden, ¡claro que aprenden!


    Salud,

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  2. Por no hablar de los periodistas... Lean, lean:

    http://blogs.elpais.com/defensora-del-lector/2011/02/el-m%C3%A9rito-para-el-que-se-lo-gana.html

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  3. Caso real: Trabajo sobre 'El mercado de trabajo español'.

    De golpe, al leer uno de ellos 'el Gobierno de la Nación, en colaboración con las Provincias' (mayúsculas en el original). Sigue igual. Hum! sospecho a contexto argentino.

    Correspondiente prueba en google.

    En efecto 'copia y pega' de un estudio sobre 'mercado de trabajo' pero ¡de Argentina!. Ni captó el 'estudiante' que estaba tratando de una realidad totalmente diferente.

    ¿Me corto las venas? ¿me las dejo largas?

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