FANECA

sábado, 5 de junio de 2010

La universidad en Finlandia. Algunas impresiones de un español recién llegado. Por Fernando Losada Fraga

Se llama Fernando Losada y es un amigo de los que organizamos este foro. Fue durante una temporada investigador en la Facultad de Derecho de León. Más tarde se doctoró y hace poco se ha ido a probar suerte en un importante instituto de investiacion dependiente de la Universidad de Helsinki.

Ya sabemos que en las universidades españolas apenas queda sitio para los jóvenes que investigan con rigurosa vocación. No en vano los rectores aquellos de hace nada las rellenaron a base de promociones y saldos en nombre de la sacrosanta autonomía universitaria que tan felices nos ha hecho desde que la descubrimos.

Fernando envía a sus amigos una crónica semanal de sus andanzas nórdicas y las anteriores han aparecido en otro blog. Esta de ahora nos parece que encaja bien en esta FANECA que quiere saber de universidades lejanas para mejor juzgar de esta de nuestros pecados.

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La universidad en Finlandia: algunas impresiones de un español recién llegado.


Esta nota responde a una necesidad concreta: en un momento en el que parece que la universidad española se nos desmorona (o esa es la sensación que quien esto escribe ha percibido desde dentro, a tenor de lo que se entiende en ella por investigación, de su escasa valoración social – porque de prestigio no se puede hablar ya –, de su funcionamiento en general y de la preparación que exhiben los alumnos que se gradúan en sus aulas) no está de más comprobar cómo están las cosas en otros países. Según los datos de la OCDE articulados en los sucesivos Informes PISA, la cualificación de los alumnos en nuestro país está entre las peores del continente, mientras que en Finlandia, desde donde se describen estas impresiones, los alumnos son recurrentemente destacados como los mejor formados. ¿Hay tantas diferencias entre un sistema educativo y otro? Mi intención de momento sólo puede limitarse a las experiencias derivadas de una primera toma de contacto, pero me gustaría pensar que aun así resultan de utilidad. Ustedes dirán.

Quisiera advertir ya de entrada que mi intención al dar a conocer mi experiencia en Finlandia no es otra que contribuir en la medida de lo posible a que tomemos conciencia de lo que sucede en nuestra universidad para cambiar lo que de ella nos disguste. Si algún lector está convencido de que la universidad tal y como funciona en la actualidad en nuestro país es precisamente la que quiere, debe replantearse seriamente seguir leyendo, no sea que le podamos estropear su fantasía y al final una realidad desagradable se cuele por algún resquicio de su sueño. Como en /Matrix/, el lector debe decidir entre seguir en su placentero mundo imaginario o despertar de la ensoñación y afrontar la realidad. Elija usted la píldora que desea tomar.

Antes de comenzar, también querría puntualizar que nada me gustaría más que el hecho de que en nuestro país las cosas fueran distintas. Desde luego, por quedarme callado (o en este caso con los dedos quietecitos) no va a ser… Y dicho esto, y visto que han elegido abrir los ojos a la cruda realidad, comenzamos.

I.- Arquitectura – El edificio Porthania/

Alguno al leer este primer apartado pensará: “¡Bien empezamos! ¡Hablando de cosas que no tienen que ver con la educación o con lo que es la universidad finlandesa!”. Pero no nos equivoquemos, la arquitectura sirve a un fin determinado y no es más que un reflejo de la concepción que la sociedad tiene de sí misma. Me parece, de hecho, uno de los mejores baremos a la hora de determinar la calidad de vida de un país (aunque desconozco si este parámetro lo emplean las organizaciones que periódicamente realizan ese tipo de mediciones). Pensemos en el nuestro: en los últimos diez años, y salvo casos muy puntuales, la arquitectura ha servido a un fin determinado (hacer dinero) que refleja la concepción que la sociedad tiene de sí misma (todos somos unos mangantes y estamos aquí para forrarnos). Bueno, pues a tenor de lo visto en la Facultad de Derecho de la Universidad de Helsinki las cosas por aquí son distintas.

El edificio Porthania, que es en el que se ubica la facultad, fue construido por Aarne Ervi a mediados de los cincuenta. Fue el primer edificio del país en el que se empleó el hormigón visto como técnica constructiva y resultó revolucionario (aunque no sólo por eso, como veremos). Al parecer, Ervi ganó en el concurso al mismísimo Alvar Aalto, así que algo en su proyecto era especial. La idea que inspira a todo el conjunto es la que entonces dominaba en la sociedad: necesitaban democratizar las cosas. Querían que alumnos y profesores se encontrasen en un mismo espacio sin mayores distinciones jerárquicas que las propias de la posición de cada uno. Esto significa que no hay intrincados pasillos con salas que dan paso a la secretaria de un profesor que se agazapa detrás de una puerta infranqueable. No, aquí todo el mundo está disponible: corredores amplios y diáfanos permiten acceder a todos los despachos del centro. No hay antesalas. En la Universidad de León, en la que trabajé una buena temporada, mi mesa de trabajo estaba situada en la última sala del departamento, y había que cruzar tres puertas antes de llegar a hablar conmigo. Evidentemente, poca gente quería hablar conmigo, pero ese no es el caso. La sensación que siempre he tenido como alumno y trabajador en las universidades españolas es la de que los despachos de los profesores constituyen una zona ajena a quienes no trabajan allí, un territorio vedado. O, peor, una zona muerta. Y eso es precisamente lo que no sucede aquí: la arquitectura fomenta que la universidad sea un punto de encuentro. El epítome de todo ello puede ser la maravillosa escalera en la que todos, rector, decano, profesores, investigadores y alumnos nos cruzamos a diario. Así pues, la universidad está pensada para que ciudadanos libres accedan a todas partes, sin vetos ni restricciones. Tal vez nuestra tradición española (y a buen seguro que en muchos otros sitios sucede lo mismo) explica nuestra querencia por esas zonas vedadas y en las que se asume que reside el poder. Pero no, el poder lo compartimos todos los ciudadanos. Y la arquitectura puede servir a una u otra interpretación de la sociedad. Yo me quedo con la del Porthania.

II.- El vínculo entre la universidad y la sociedad

Más de uno se asustará al leer el título de este segundo epígrafe. En este caso, porque el manido tema del “vínculo entre universidad y sociedad” ha sido tratado una y otra vez de forma superflua por quienes se plantean cuál ha de ser el papel que debe desempeñar (si es que debe hacerlo) la universidad en la sociedad. Claro, tampoco ayuda que la única idea que se nos ocurra para concebir ese vínculo sea encontrar todo tipo de asociaciones con las empresas privadas (y en particular con el sector bancario). No, aquí el vínculo ese es otra cosa…

Para empezar, la universidad forma parte de la sociedad finlandesa y, en razón de ello, cuenta con un espacio privilegiado en sus ciudades. Así pues, con independencia de cuándo hayan sido construidos los edificios de la universidad, todos están integrados en el ámbito urbano y no se ven relegados a campus en las afueras (cuando no en el extrarradio). Esta decisión supone de nuevo un posicionamiento respecto de qué papel se le reserva a la universidad, porque no es únicamente que se la prestigie al considerarla un pilar de la sociedad, sino que para el resto de la sociedad la universidad existe y está tan presente en sus vidas como lo están la catedral, el senado o las diversas instituciones en que se fundamenta la convivencia social. Para poner un ejemplo muy gráfico de lo que digo relataré una anécdota vivida durante en estas primeras semanas de estancia en Finlandia.

Resulta que a los diez días de llegar tuvo lugar la imposición de siete doctorados honoris causa por parte de la facultad de derecho. Al parecer, esta es una ceremonia que se celebra cada quince años, así que he de considerarme afortunado por haber aterrizado justo a tiempo para presenciarla. El caso es que tras los pertinentes discursos e imposición de los honores correspondientes, los doctores de la facultad, junto con los honoris causa, sus familias y demás séquito, ataviados todos con el atuendo típico (aquí se luce un sobrio sombrero que parece de felpa, pero que se fabrica a mano y a medida durante unas cincuenta horas), abandonan en ritual el edificio principal de la universidad y parten en procesión, sobre una alfombra roja que cruza la plaza del senado, hacia la catedral, donde continuaban los festejos (curiosamente las campanas tañían a muerto, aunque aquí debe significar otra cosa, espero). No dejaba de preguntarme qué habrá sido de la secularización por estas tierras, pero claro, se me pasaba por alto que aquí la religión no se ha entrometido tanto en las vidas de los ciudadanos como en otras partes (digo que no tanto, ojo), de modo que hoy en día se tiene bien claro que en ningún caso pretenderá imponer visión alguna sobre la vida académica (y mucho menos sobre ciertas verdades científicas).

Pero la interacción de la universidad y la sociedad no se limita a un paseo entre la mirada de curiosos y demás gente que por allí se agolpe, sino que de verdad se percibe en la vida de la ciudad. Así, por ejemplo, con motivo de ese mismo acontecimiento me llamó la atención que enfrente mismo de mi despacho, donde habitualmente ondean cinco banderas de la universidad, cada una de un color, fueron izadas durante tres días la bandera nacional de gala, esto es, la que superpone el escudo nacional a la cruz azul sobre fondo blanco. Lo curioso es que la sustitución de banderas no sólo tuvo lugar en la universidad, sino que la ciudad al completo se llenó de ellas. La distinción honoris causa de siete profesores de derecho era motivo de festejo por toda la población de Helsinki.

Otro ejemplo, y este más significativo si cabe, es el hecho de que la página web de la universidad depende de la de la propia ciudad. En efecto, entrando en http://www.helsinki.fi/ uno encuentra el link hacia la universidad, que no cuenta con una dirección propia, sino derivada de aquella raíz (www.helsinki.fi/yliopisto). Y, de hecho, mi correo electrónico aquí es un @helsinki.fi. Sí, la actividad de la universidad está indisolublemente ligada a la de la ciudad, de ahí que compartan página web. De veras creo que en este aspecto son un ejemplo a seguir.

III.- La vida académica

No sé cómo decirlo… Creo que todo se resume en un “aquí las cosas son tan distintas…”. Cálcense los zapatos de un joven investigador español que no ha dado más que una clase en toda su vida (en el curso de “cine y derecho”) y que llega a otro país en el que esperan de él no sólo que imparta clase, sino que decida el contenido de los cursos. Supongo que en estos tiempos a la boloñesa esto pueda oler a chamusquina, pero no, lo cierto es que he de preparar dos cursos de unas veinte horas acerca de la temática que me parezca más apropiada. Eché en falta, eso sí, alguna indicación adicional, como saber a los alumnos de qué año se ofertarán estas clases, si tendrán conocimientos previos del derecho comunitario, etc. La respuesta fue bien sencilla: si se requiere tener cierto nivel de conocimientos previo, basta con indicarlo en el programa. ¡Estupendo!

Reconozco que las dos propuestas que he presentado se salen de lo habitual. Nada de “Evolución de la protección de los derechos fundamentales en la Unión Europea”; ni “Derecho constitucional de la Unión Europea”. No, he optado por lo que me interesa a mí, es decir, el proyecto que pretendo desarrollar aquí a propósito de la tendencia al experimentalismo institucional y la administración integrada como respuesta a la tensión entre la unidad del derecho europeo y la diversidad de los nacionales. Mi idea es explicar cosas esenciales del derecho comunitario pero adoptando un enfoque distinto. Muy útil para mí, como digo, y entiendo que a los alumnos también les resultará de interés. Ya comentaré cómo ha sentado la propuesta, pero de momento no ha suscitado ninguna reacción en contra. A partir de octubre podré comentar cómo se desarrolla el curso.

IV.- El centro de investigación

Y llegamos a lo gordo. ¿Qué puedo decir de las condiciones de trabajo en esta universidad? Pues que son excelentes. Para empezar dispongo de un amplio despacho plenamente equipado. Y cuando digo plenamente me refiero a que al margen de lo que se entiende que resulta estrictamente necesario para desarrollar mi trabajo (un ordenador, una silla y una mesa) dispongo de armario, sofá, más estanterías de las que podré llenar con libros por larga que sea mi estancia en estas tierras… Pero lo mejor es que además de tener acceso a todas las bibliotecas de la ciudad (incluida la del Parlamento) con el carné de la universidad, los investigadores postdoctorales disponemos de una importante suma adicional de dinero al año (3000 euros) que podemos emplear en la compra de libros y en viajes a conferencias y demás. Un sueño para ejercer la profesión, vamos.

¿Pero hay alguna pega o todo es el destino soñado para un investigador? ¡Pues claro que hay cosas que mejorar! De hecho no todo funciona perfectamente. En concreto, hace diez días hubo una reunión del comité científico para evaluar los avances del centro en sus tres primeros años de existencia, y encontraron puntos manifiestamente mejorables (por ejemplo, los miembros del centro publican mucho y en muchas lenguas, pero de manera insuficiente en las revistas consideradas /top/ en su especialidad). Pero lo ilusionante, para mí, fue comprobar que tanto ese comité científico como la gente del centro se tomaban las cosas en serio: los unos no volaban desde Oslo y Edimburgo para venir de paseo, sino que tenían la firme pretensión de hacer propuestas para mejorar algunas cosas; no por tocar las narices, sino porque se supone que ese es su trabajo. Los otros, esto es, el centro (nosotros) les convocamos y atendemos con atención a sus comentarios porque estamos interesados en mejorar las cosas. Me muerdo la lengua para evitar (feas) comparaciones.

Pero para mi sorpresa, las cosas no se quedaron ahí, sino que desde la visita del comité científico el centro está inmerso en una actividad frenética para mejorar el rendimiento, la coordinación y lo que sea posible. Y en ese trabajo el papel de los recién llegados es determinante. No sólo tenemos voz y voto, sino que estamos diseñando, junto con gente ya más asentada en la universidad, una estrategia de actuación para los próximos tres años; y nuestras ideas (y críticas) son muy bien recibidas… Aquí no hay egos que se ofendan porque se diga que algo parece no funcionar bien y se proponga alguna mejora. El espíritu universitario, basado en el crecimiento continuo gracias a la crítica (rigurosa pero franca), está muy arraigado y no hay riesgo de que se den malos entendidos: todos formamos parte de un mismo barco y estamos interesados en que llegue a buen puerto. Y en estas condiciones me encanta ponerme a la faena. Vamos, que remo como el que más.

Entiendo que es inherente a las relaciones humanas que surjan rencillas, ciertas disputas y demás; de hecho, supongo que esas cosas existirán también aquí y que más adelante seré capaz de detectarlas. Pero lo que tengo claro es que de momento la sensación que me deja mi primer mes de trabajo es que lo común a todos está muy por encima de las posibles vanidades personales.

V.- A modo de conclusión

Hasta aquí estas primeras impresiones. Supongo que la lectura no habrá resultado tan desagradable como se anunciaba, más que nada porque la realidad de la universidad española no se le escapa a casi nadie. Lo que necesitamos, y con urgencia, es desterrar eso que tan arraigado llevamos dentro, ese “conmigo o contra mí” que emponzoña muchas de nuestras relaciones laborales y sociales, y apuntarnos al carro colectivo. No sé si hay que empezar por la arquitectura, las costumbres sociales o la expresión oral y escrita, o si los cambios deben tener un calado social aún más profundo. Pero lo que tengo claro es que en nuestra universidad hay que cambiar muchas cosas. Tal vez la fundamental sea decidir cuál es su finalidad, su función, y a partir de ahí comenzar a trabajar. A eso prometo dedicar otro comentario, pero una vez tenga una mejor idea de cómo es la universidad finlandesa.

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¡Un fuerte abrazo a todos!

6 comentarios:

  1. Estimado Fernando,

    muy interesante tu crónica desde el frío, la verdad. Sin embargo, creo que no es del todo ecuánime (no sé si será la falta de luz en el norte, o alguna finlandesa, que produce una restricción de perspectiva): en la Universidad española hay elementos muy positivos que, a mi entender, no acabas de valorar de modo completamente justo:

    - para empezar, el jamón ibérico está mucho mejor que el jamón de reno, y los percebes finlandeses tampoco están a la altura.

    - Para seguir, esto que cuentas que alguien venga a decirte desde fuera dónde podría mejorarse la investigación (y que se le escuche) también genera elementos negativos; si se está muy cómodo publicando un libro en la vida (la tesis), al cabo de unos años que hayan permitido una serenísima reflexión, y sin que nadie se meta con qué haces o dejas de hacer a partir de ahí. Me parece más respetuoso con la libertad de pensamiento (que debe incluir la de no practicarlo, obvio) este procedimiento que la solución finlandesa que cuentas.

    - Además, en tercer lugar, ¿dónde queda el respeto a los señores feudales, que antaño ya le corregieron los exámenes a sus maestros, si cualquier profesor nuevo puede poner el dolo donde quiera, quiero decir, puede plantear los contenidos de la asignatura de tal modo que sea interesante? ¿cuándo van a aprender los estudiantes que el derecho es tedioso, no nos engañemos, y que hay muchas cosas inútiles en esta vida que hay que hacer porque sí, como escuchar el recitado de apuntes amarillentos (además, éste último aspecto es intercultural y de alianza de civilizaciones, pues honra el método de recitación para el aprendizaje propio de las madrasas y de la Universidad medieval), y que si se repiten, sacas nota?

    - Y, finalmente, y sobre todo: ante la próxima disolución -por fin- de la Universidad pública en nuestro país (en cuanto cambie el gobierno: Universidad concertada, con pago público, por supuesto, para dar entrada en la enseñanza superior a pluralidad de la sociedad civil: la compañía de Jesús, la asociación católica de propagandistas, los legionarios de cristo, etc., todas esas "universidades" hoy vacías que hay que apoyar), eso que relatas de un sistema universitario público que funcione... no sé, me parece un poco de rojos, la verdad.

    En fin, que pronto vuelvas a una polvorienta beca cañí... o no, aunque será una pena para los que nos quedamos aquí. Mientras tanto, creo que nos gustará a todos seguir leyendo crónicas tuyas desde Helsinki.

    Un muy cordial saludo,

    Manuel

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  2. Me ha llamado mucho la atención la cuestión de los espacios compartidos y las estancias diáfanas en las que profesores y alumnos parecen desdibujar las diferencias pseudo-jerárquicas. En España, como bien has dicho, la cosa es al revés en la forma y en el fondo. Sin embargo, no has comentado que en la mayoría de países nórdicos y anglosajones el trato verbal con el profesor es exquisito (Dr/Dra. o Profesor más el apellido correspondiente), mientras que aquí, con toda la parafernalia separatista y segregacionista entre distintos estamentos, resulta que cualquier chaval te llama con un ¡Oye, tú! a la primera de cambio. En resumen, la gran diferencia entre las universidades de allí y de aquí se basa en la actitud, que es el germen de todo lo bueno que puede surgir de una universidad.

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  3. José A. de Azcárraga10 de junio de 2010, 12:37

    En tono jocoso, me gustaría hacer un comentario sobre los doctorados 'honoris causa' de
    la Univ. de Helsinki (ciudad encantadora en verano, pero bastante durilla en invierno).
    En 2008, un profesor de Cambridge recibio un doctorado honoris causa. A los detalles que
    menciona Losada, hay que añadir que Allen -que así se llama- fue llevado en andas (sí,
    en silla gestatoria) por ocho bellezas universitarias (sí, todas mujeres) con uniforme
    de gala (sombrero y espada al cinto incluida), precididas y seguidas de otras tantas dentro del
    resto del cortejo académico. No sé si ese ritual es general o se reserva para las muy
    grandes ocasiones. Pero -y perdón, pero así es la naturaleza humana- tradiciones así
    son todo un placer para la vista. Que no se pierdan...
    Jose A. de Azcarraga
    http://www.uv.es/~azcarrag

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  4. Estimados Manuel, Gustavo y José Adolfo:

    Es un verdadero placer saber que alguien se toma la molestia no sólo de leer lo que uno escribe, sino también de comentarlo. Lamento, eso sí, que no haya salido nadie a defender la universidad española que tenemos (a pesar del empeño que le pone Manuel a la hora de definir sus "bondades"), porque eso significa que o bien este blog sólo lo leen los diconformes (lo que no es malo en sí mismo, pero le resta efectividad: el objetivo es dar pie a un debate serio y riguroso entre toda la comunidad universitaria); o bien en la universidad española todos pensamos lo mismo pero "alguien" decide de manera diferente.

    Creo que la primera opción refleja muy bien lo que sucede en la sociedad española en general, en donde las ideas circulan a todos los niveles entre grupos de opinión cerrados, esto es, grupos que funcionan como compartimentos estancos y entre los que no hay comunicación (al escribir esto me presunto si habrá un blog probloñés cuya argumentación nos estemos perdiendo). Lo que se me hace verdaderamente desconcertante es admitir la segunda opción: no sólo significaría que nos dirigen contra nuestra voluntad, sino que no sabemos cómo hacer fuertes los buenos argumentos en los que apoyamos nuestra postura.

    Rebajando un poco la tensión, sobre las cuestiones de fondo que plantea Gustavo creo que algo diré cuando las Fanecas vuelvan de sus vacaciones en las Rias Bajas "acariciando" a los bañistas. Para entonces podré comentar cómo se relacionan los alumnos conmigo, pero adelanto ya que aquí el hecho de que yo llame "prof. X" al director del Centro (y distinguidísimo académico) no está muy bien visto (de hecho, parece que le resulta incómodo). De modo que no me queda más remedio que abandonar lo que en España son buenas costumbres y pasar directamente al "tú".

    Y en cuanto al matiz que introduce José Adolfo, estaré atento a futuras ceremonias, por si fueran merecedoras de ulterior comentario (bueno, y no sólo por eso).

    ¡Un abrazo a todos!

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  5. José A. de Azcárraga14 de junio de 2010, 12:21

    Tomo el testigo que brinda Losada y explicaré por qué no me apunto a defender la universidad española: no la defiendo porque es indefendible. Entiéndaseme bien: la universidad son muchas cosas, Alumnos, PDI, y PAS (en este orden, y en especial los dos primeros grupos). Todos estos sectores son defendibles, y tienen muchas cosas buenas o excelentes. Pero lo que no es defendible es lo que las {\it estructuras} de gobierno de la universidad han hecho -en general, no conviene exagerar- con la Universidad. Es cierto que la universidad española ha progresado muchisimo en los últimos 30 años. Pero la contribución a ese progreso de las estructuras de gobierno de las universidades (Rectores, Vices, claustros, Decanos, etc., incluso de la LOU) es escasa cuando no nula o negativa. Los motores del gran progreso de la universidad espaoñola han sido, fundamentalmente, dos: a) la existencia de proyectos de investigación competitivos (de los que las universidades, además, sacan tajada) y b) las becas pre y postdoctorales (FPI y FPU), que han permitido que parte del PDI se forme también en el extranjero. Ni a) ni b) dependen gran cosa de las propias universidades, y son los únicos factores que -en terminos generales- se rigen exclusivamente por criterios de calidad y excelencia. En todo lo demás, y en la selección de profesorado en particular -piénsese en la absoluta endogamia, en las barreras autonómicas y lingüísticas, etc.- el fracaso es considerable. Este fracaso lo camufla en gran parte el gran progreso al que he aludido, pero si le aplicáramos a la universidad la parábola de los talentos, no saldria nada bien parada. Sin necesidad de disponer de mayores ingresos, las universidades españolas serían mucho, muchísimo mejores si hicieran mejor uso de los que reciben. Hay que tomarse en serio a Europa,
    no impedir -por ejemplo- la llegada de un buen profesor porque no habla la lengua autóctona, etc. Como muestra, mencionaré este botón del que yo he sido testigo en el Claustro de la universidad de Valencia, donde un estudiante nacionalista afirmó en catalán hace tres meses que "él quería una universidad verdaderamente valenciana, no como una de esas que salen bien en las calificaciones... una como... no sé, no me acuerdo, ah sí, como Harvard o Cambridge" (sic) así, sin pestañear. Lo sorprendente es que nadie respondio al rebuzno del joven claustral nacionalista, hasta que por no sentir más vergüenza ajena le contesté yo. Este es un ejemplo de lo que sucede en la universidad que tenemos; hay muchos otros: vicerrectores de investigación sin un solo sexenio, claustros dando normas de calificacion que ocupan trece (13!) páginas de letra pequeña, id. de profesorado absolutamente incompetente, etc. etc.

    Resumiendo: sí, la universidad ha mejorado mucho y podemos congratularnos de ello. Pero eso ha sido, fundamentalmente, a) por el esfuerzo de la Sociedad que paga sus impuestos y b) por el individual de muchos miembros de la comunidad universitaria, sobre todo -digámoslo son tapujos- por parte del PDI. Si alguien cree que los órganos de gobierno universitarios o la LOU han contribuido a esa mejora, que explique en qué y por qué; me gustaria saberlo. Entre tanto, niego la mayor: nuestras autoridades acdemicas no pueden ponerse ninguna medalla.

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