FANECA

domingo, 21 de marzo de 2010

El doctorado en España (I). Por Miguel Díaz y García Conlledo

Los estudios de doctorado tienen como fin, tras cumplir unos requisitos previos (la normativa general y la de aplicación a la Universidad de León puede verse aquí), la realización de una tesis doctoral que, valorada por un tribunal de doctores expertos, conduce a la obtención del título de Doctor, la más alta cualificación académica (si quieren un resumen más sencillito de lo que es el doctorado dentro de la carrera investigadora, con consejillos y la conclusión “Ya somos DOCTOR, que es la titulación máxima que podemos adquirir”, vean cómo lo explica el Ministerio de Educación en su web). La tesis, un trabajo original de investigación, constituye el centro de los estudios de doctorado, si bien, desde hace unos años, cabe obtener el grado de Doctor mediante una tesis por compendio de publicaciones (véase la norma complementaria 16ª).
La verdad es que el título de Doctor posee en España poca trascendencia fuera de la Universidad y otros organismos de investigación (aunque, evidentemente, es considerado un mérito en diversos concursos y oposiciones). Sin embargo, tiene mucha trascendencia en la carrera académica, pues, además de en otros cuerpos funcionariales de investigación (pienso en los del CSIC), es requisito ineludible para acceder a cuerpos docentes universitarios (Profesor Titular y Catedrático, aunque no lo era para ser Profesor Titular de Escuela Universitaria, figura que debería haber sido excepcional en la Universidad, pero que no lo ha sido y que hoy está declarada a extinguir) y hoy también para las más altas figuras de contratados (Profesor Ayudante Doctor y Profesor Contratado Doctor; no lo es, lógicamente, para los Ayudantes y para los Profesores Asociados, ni tampoco para otra figura, en mi opinión, extraña como la de Profesor Colaborador, también a extinguir).
Pero además de eso, al menos en Derecho (y, desde luego, en mi disciplina, el Derecho penal), la trascendencia de la tesis doctoral se basaba en que constituía (mediante su publicación) la tarjeta de presentación ante la comunidad científica del nuevo investigador que con ella se consolidaba. Es discutible si la tesis debe tener tanta importancia en este sentido como la ha tenido en España (por ejemplo, en Alemania, el momento o la obra más relevante es el escrito de habilitación para ser Professor, Catedrático, momento en que se supone una mayor madurez). Por eso la dedicación a la tesis (al menos, repito, en mi campo) era muy grande, la concentración en ella total, el esfuerzo formativo e investigador máximo; lo demás, vendría después. Vengo hablando en pasado de manera muy consciente, pues creo que hoy la tesis no se afronta por los doctorandos del mismo modo. Sigue siendo sin duda un trabajo y un momento importante, pero procura pasarse lo más rápidamente posible y la exclusividad en la dedicación a la tesis es mucho menor. No es culpa de los doctorando: la escasez de plazas y las exigencias “anequiles” y similares hacen que el doctorando no se preocupe sólo de saber cuanto más mejor de su tema de tesis y, de paso, de adquirir una sólida formación en su disciplina, pues tiene que hacer cursos de actualización pedagógica, publicar cosillas, muchas a ser posible, aunque no tengan excesivo valor por separado y distraigan de la tesis, elaborar materiales docentes, exhibir si puede su dominio de la tecnología aplicada a la docencia y la investigación (aunque el contenido de éstas sea malísimo, etc.). No quiero que se me entienda mal: antes hubo tesis excelentes, buenas, malas y pésimas, como las hay ahora, pero la predisposición al trabajo y la perspectiva han cambiado, por lo que las tesis excelentes creo que son menos frecuentes (por enésima vez: en Derecho).
La importancia del doctorado depende también del reconocimiento social del título de Doctor. Mi experiencia en Alemania –nuevamente- me dice que en general hay un gran respecto por Herr y Frau Doktor, reconociendo en el Doctorado un mérito especial. En España, por el contrario, para la inmensa mayoría de los ciudadanos sólo hay doctores en los hospitales y consultorios médicos (doctores que casi nunca han alcanzado el grado académico de tales) y, claro, por aquello del refrán, en la Santa Madre Iglesia. Nuevamente no es culpa (sólo) de la sociedad: en esto, como en tantas otras cosas que atañen a la Universidad, nadie ha explicado nunca nada (ni desde las instituciones fuera de la Universidad ni desde ésta).
Pues, dicho esto y dejando claro que en mi opinión el doctorado y la tesis deben recuperar su antaño altísimo valor académico y cobrar reconocimiento social e institucional, la sociedad debe saber algunas cosas que resultan curiosas del Doctorado en España.
Así, por poner sólo algunos ejemplos (hay sin duda más), diré que cuando yo comencé mi tesis doctoral, asistía a la lectura y defensa de tesis de compañeros y amigos mayores y más adelantados en su carrera académica e investigadora que yo, y comprobaba con sorpresa que el director de la tesis era miembro del tribunal que la juzgaba, lo que sin duda garantizaba un juicio objetivo y nada parcial del trabajo del doctorando por parte de aquél, ¿no creen? Esto cambió y la nueva normativa impidió que el director formara parte del tribunal.
No obstante, el tribunal de cinco doctores especialistas (y algunos suplentes) siguió nombrándose por la Universidad donde realizaba el doctorado el candidato, con absoluta frecuencia la misma del director, a propuesta del Departamento donde se inscribía la tesis, casi siempre el del director y el doctorando. De modo que, en definitiva, el tribunal lo ponía (y lo pone) el director de la tesis (más o menos flexible con las apetencias del propio doctorando según los casos). Y aquí el proceder es variable: hay directores que buscan poner expertos de alto nivel y especializados en el tema de la tesis, lo que es muy loable, lógico y deseable; eso sí, claro, siempre que no se consideren enemigos (personal o académicamente). Otros, directamente, ponen en el tribunal a sus amiguetes. Curiosamente, cuantas más dudas tiene el director de las cualidades de la tesis, menos especialistas y más amiguetes hay en el tribunal, no sea que vayan a dejar mal al doctorando o al director. Pura objetividad, oigan. Y que conste que yo también he participado (y participo) en ese juego. Y, en todo caso, aun en el supuesto de que se trate de un tribunal de especialistas (como lo han sido la mayoría de los que he formado parte), ¿qué va a hacer uno, si lo han invitado a dedo y encima el nuevo Doctor le va a agasajar con una suculenta comida o cena? En teoría, en la penúltima (más o menos, ¡cualquiera lo sabe seguro!) normativa sobre doctorado, el Departamento propone diez expertos con sus respectivos currículos y es la Universidad (su Comisión de Doctorado) la que selecciona entre ellos a cinco titulares y dos suplentes. Algo mejor está, pero, en la práctica, son elegidos, en la inmensa mayoría de las universidades, los siete primeros en la lista del Departamento (o sea, del Director). Y hay universidades que, por aquello del ahorrillo, exigen que al menos uno de los miembros del tribunal sea de la casa. La consecuencia es que el doctorando y el director suelen jugar en casa, sobre seguro y como ganadores … salvo que se quiera fastidiar por algo (no necesariamente la calidad del trabajo realizado) al doctorando, en cuyo caso se prepara e instruye al tribunal en tal sentido.
Me tocó una época, corta afortunadamente, en que, una vez pasados los trámites previos y llegado el momento de lectura y defensa de la tesis, las únicas calificaciones posibles eran “apto” y “apto cum laude” (triste calificación esta última, que me correspondió, y que siempre me ha sonado algo contradictoria en sus términos), así, sin posibilidad de matices. Pero nuevamente la penúltima (más o menos) reforma normativa vino a corregir la situación en el sentido correcto: dentro de las calificaciones que aprueban la tesis (pues puede haber incluso un “no apto”) caben el “aprobado”, el “notable”, el “sobresaliente” y, si, por la excelencia de la tesis (palabras de la norma reguladora), así lo deciden al menos cuatro de los cinco miembros del tribunal, “sobresaliente cum laude”. Desde luego, ello permite matizar desde las tesis de calidad justita hasta las excelentes, lo que es muy razonable, y ya un notable debería ser una calificación más bien digna de satisfacción, resultando un sobresaliente algo reservado a tesis muy buenas (que “sobresalen”) y el cum laude a las mejores. Pues bien, en la práctica (al menos en el Derecho, pero me temo que en general), esto, tan lógico, no es así en absoluto, sino que, si no ha de haber disgustos, el tribunal nombrado por los interesados debe otorgar siempre la calificación de “sobresaliente cum laude”, a ser posible por unanimidad. Un sobresaliente a secas ya es poco y no digamos un notable; el aprobado equivale casi al suspenso y deja al nuevo Doctor marcado de por vida. De modo que, salvo rarísimas excepciones (en general debidas a rencillas del propio director con el doctorando o “malas pasadas” de algún miembro del tribunal casi nunca relacionadas con la calidad del trabajo), todas las tesis doctorales son calificadas con sobresaliente cum laude, igualando así absurdamente por arriba.
Ciertamente, la propia defensa y debate con el tribunal pueden dejar patente la menor o mayor calidad de una tesis, pero ese acto lo contemplan sólo un puñado de personas, en su inmensa mayoría familiares, compañeros y amigos del doctorando o el director y de su contenido no queda constancia. Es verdad que las normas reguladoras del doctorado permiten algunos reconocimientos especiales: uno es la mención europea en el título de Doctor (“Doctor europeo”; véase ahora el art. 22 del Real Decreto 1393/2007, de 29 de octubre, por el que se establece la ordenación de las enseñanzas universitarias oficiales), que en puridad no garantiza la especial calidad de la tesis, pero cuyas exigencias la indican habitualmente. Otro es el premio extraordinario de doctorado (u otras menciones honoríficas que puedan establecer las universidades, o premios de diversas instituciones a las mejores tesis doctorales de determinado ámbito del saber), pero prefiero no revelar aquí cuáles son los criterios (reales) para su concesión en bastantes universidades, sin que ello signifique demérito de muchos premios extraordinarios ganados a pulso (que, nuevamente, acaban por no valer lo que debieran por confundirse con auténticas chapuzas). Normalmente, el verdadero valor de la tesis lo va a reflejar el impacto (no hablo de índices ni cosas semejantes) real de la publicación o publicaciones derivadas de ella en la comunidad científica especializada. Eso está bien, pero debería discriminarse ya antes.
No pondré más ejemplos para no alargarme en exceso. Lo dicho creo que es suficiente para demostrar que, si queremos (¡y debemos quererlo!) un doctorado que realmente se corresponda con su cualidad de máximo grado académico y que tenga reconocimiento institucional y social, urgen los cambios. Pero de los cambios me ocuparé en un próximo comentario.

6 comentarios:

  1. Cuánta verdad. Y qué bien contada. Confirmo que no sólo ocurre en tu campo. Algunas tesis que son poco más que proyectos fin de carrera de ingenierías acaban con sobresaliente cum laude. Entre los miembros del tribunal, la mayoría salvo uno o dos, son generalmente miembros del mismo grupo de investigación del doctorando.

    Chapeau por nuestra universidad!

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  2. Tiene usted mucha razón, Profesor García!
    La vivencia como doctoranda es aún peor desde esta trinchera. Una quiere hacer la tesis, sacarle todo el partido, ser la mejor en la materia que se estudia y, sin embargo, becarios y ayudantes estamos de lacayos, de "chic@s para todo": clases, gestión de proyectos, de fondos bibliotecarios, luego "los "articulillos", "formación continua", reuniones, etc y al final del día, cuando estás agotada y son las 18 h, puedes seguir (después de siete u ocho horas en la Facultad) con tu tesis. Aquello que fue el motor que te impulsó a entrar en la Universidad, hoy se muestra lejano porque no te dedicas a ella como quisieras. Un chasco. Tremenda decepción y arduo camino para los jóvenes investigadores españoles.

    No obstante, la tesis vale la pena.

    Gracias, Profesor Díaz, por preocuparse por la Universidad, por la investigación, por las tesis y por los doctorandos.

    Gracias en general a toda esta Faneca.

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  3. Miguel Díaz y García Conlledo28 de marzo de 2010, 0:39

    Querida doctoranda anónima:

    Su comentario ya me compensa el haber escrito la entrada. Cumpla (no hay más remedio) con los mínimos formales de cursitos y demás, pero siga con vocación por la tesis, creyendo que es lo principal, el motivo de entrar en la universidad. Y, si necesita refuerzo y puedo dárselo, me tiene a su disposición, aquí o de forma menos pública: mdiag@unileon.es, 987291384. Gracias por haber escrito y ¡mucho ánimo!

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  4. Muchas gracias Profesor Díaz por sus ánimos.
    Gracias otra vez por su preocupación.

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  5. la academia es un asco, junto con esos mercenarios que se refugian en los cubiles de las facultades

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  6. Comparto completamente tu excelente escrito sobre las tesis. Actualmente las tesis doctorales, en el campo que conozco (Economía) son en su gran mayoría lamentables, muchas parecen más bien trabajos de fin de carrera y encima obtienen la calificación máxima.Hay tesis que se elaboran en un máximo de dos años y es una falsedad. Un trabajo serio, profundo de un tema no puede terminarse en ese período de tiempo. Todo esto repercute en detrimento de quienes sí quieren hacer un buen trabajo y encima ves cómo los mediocres se hacen doctores y muchos realmente buenos no lo son. Contradicciones, una más de este sistema de educación.

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